Perdonar a otros

la mejor postal para perdonar

Para perdonar, debemos reconocer que hemos sido completamente perdonados. Muchos quedan estancados aquí. Pablo resume nuestro fundamento para perdonar hermosamente: “Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todos; más en cuanto vive, para Dios vive” (Romanos 6:10).

Una vez que entendemos la profundidad de nuestro pecado y la distancia que produce entre nosotros y Dios, y cuando tenemos un breve entendimiento del sacrificio que Dios hizo para restaurar la comunión con nosotros no deberíamos dudar de involucrarnos en el proceso de perdonar.


Entender lo que Dios hizo por nosotros y luego negarnos a perdonar a aquellos que nos hicieron mal, equivale a ser como el siervo malvado e ingrato que Jesús describió en Mateo 18:23-34: “Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía."

Leemos esta parábola y pensamos: ¿Cómo puede alguien ser tan ingrato? Pero el creyente que no perdona a otro es aún más culpable y más ingrato que ese siervo. Nosotros hemos sido totalmente perdonados de una deuda que nunca hubiésemos podido pagar, y es por eso que no tenemos razón para negarnos a perdonar a otros. Por otro lado, en cuanto logramos perdonar sinceramente, somos liberados de una pesada carga. Así como Dios es bueno con nosotros y nos perdona sin importar qué hayamos hecho, nosotros deberíamos de perdonar mostrando nuestro agradecimiento y amor hacia Él.


Perdonad, y seréis perdonados.
Lucas 6:37


Tomado del Libro Desayuno Para El Alma
Compilado por: Judith Couchman

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