«Amarás»

¿Será verdad que para Dios es muy importante la manera en que nos tratamos entre nosotros? Por supuesto que sí. 


Muchas veces nos involucramos tanto en exigir justicia que dejamos a un lado lo más importante: la justicia en el trato con nuestros semejantes. Y aquí ya no se trata de exigir justicia, sino que se trata de ponerla en práctica por nosotros mismos en todos los lugares en que interactuamos: la casa, la comunidad, la escuela, la universidad, la iglesia, o sea en cada momento en nuestro día a día. 

Mateo 22:37-40 nos enseña que los mandamientos más importantes son «Amarás a Dios con todo tu corazón» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero a pesar de que muchos de nosotros sabemos esto, a veces no tenemos ni idea de cómo expresarles nuestro amor a otros. Amar a Dios significa amar a otros, y es importante que nuestro amor vaya más allá de palabras y se encarne en nuestras acciones y comportamientos. Nosotros amamos porque Dios nos amó primero, hemos sido creados para amar.

Muchos de nosotros sabemos que estos son los dos grandes mandamientos, pero no tenemos ni idea sobre cómo demostrar este amor. En ocasiones se nos hace mucho más fácil tratar de expresarle nuestro amor a un Dios intangible, que expresárselo a las personas con quienes interactuamos a diario. Tal vez se deba a que nos sentimos temerosos de que nuestra expresión de amor sea rechazada. Tal vez esperemos reciprocidad o que nuestro «prójimo» nos demuestre amor primero. Si ese es el caso, puede que tengamos que esperar largo tiempo.



Cristo deposita el amor en nuestros corazones y los llena continuamente hasta rebozar. Es precisamente este amor con el cual debemos amarnos los unos a los otros, y aun amar a aquéllos quienes nunca habrán de amarnos recíprocamente.


Recuerda por un momento todo el bien lo que has recibido de Dios y todos los momentos que Él te ha hecho justicia y decídete a vivir agradando a Dios, respondiendo con amor por amor a quien te amó primero. Se conocido como una persona honorable y justa, tenemos la tarea de llevar el mensaje de Dios. Que en todos los rincones del planeta se adore al único y verdadero Dios. Que desde el más pequeñito y hasta lo último de la tierra sepan que hay un Dios que los ama. Que cada generación asuma su responsabilidad con sus hijos y así sucesivamente, comenzando por uno mismo. No dejemos que el mundo olvide que nuestro Dios es amor, es grande, que hace maravillas, que es justo, que es bueno, que es digno y merecedor de alabanza, y sobre todo que ama como nadie más.

Reflejar a Cristo debe ir más allá de nuestras palabras y encarnarse en nuestras acciones y comportamientos. Dios nos ama a todos por igual, y amar a Dios es sincronizar y modelar nuestros corazones según el corazón de Cristo. Cuando nuestro corazón es semejante al de Cristo, se quebranta por lo que quebranta el corazón de Cristo, nos apasiona lo que a Él le apasiona y amamos a quienes Él ama. Por lo tanto, amar a Dios equivale amar a otros. No podemos afirmar amar a Dios y no amar a otros.

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